Estaba harta.
Harta de la situación. Harta de él. Harta de sí misma.
Tenía la sensación de que una mano invisible le oprimía el corazón, sin ninguna intención de soltarlo. Y al parecer, el agarre se hacía aún más fuerte cuando aparecía él y fingía que ella era una parte más del mobiliario.
No aguantaba más, quería saber sus razones; las razones que tenía para torturarla de esa manera, estando tan cerca y tan lejos de ella a la vez; la razones que tenía para ni siquiera mirarla, cuando semanas antes no podía mantener las manos alejadas de ella.
Quería saber el por qué.
Le esperó apoyada contra el marco de la puerta principal, con los brazos cruzados sobre el pecho y la mirada clavada en el suelo, mentalizándose para cuando él se decidiese a salir de casa.
Le escuchó bajar las escaleras con pasos firmes, después el sonido cesó. Supuso que dudaba al verla ahí parada, tal vez nunca pensó que ella acabaría por hacerle frente.
Respirando bien hondo, alzó la cabeza y le miró. Él aún se encontraba al final de las escaleras, con el ceño fruncido y los ojos, muy azules, nublados por una emoción que ella no fue capaz de descifrar.
Y a pesar de todo estaba tan guapo que dolía.
—Necesito saber por qué. —Su propia voz le sonó débil y vacía, y aún así esas cuatro palabras estaban cargadas de todo su dolor y confusión.
El rostro de él no cambió ni un ápice y eso la hundió un poco más.
—Así solo te estás haciendo daño —dijo él, su voz profunda resonó por toda la casa—. Tienes que parar.
Los ojos comenzaron a picarle, las lágrimas a acumularse, y lo último que ella quería era llorar.
Una sonrisa amarga tiró de la comisura de sus labios.
—¿Crees que no quiero? —preguntó, sus dedos se aferraron con fuerza a sus brazos—. ¿Crees que no lo he intentado ya? Sé que todo esto solo es una molestia para ti, pero a mí me está destrozando la vida. Quiero saber que he hecho para ser tratada así.
Vio como un músculo en su mandíbula se tensaba.
—Tienes razón, es una molestia —aquellas palabras se clavaron en su cabeza como dagas—. Solo déjame ir, ¿quieres?
Entonces, estalló.
—¡NO PUEDO! —gritó; las lágrimas que tanto se había esforzado por contener ahora corrían libres por sus mejillas; su corazón palpitaba con fuerza y cada latido era una agonía—. ¡YO NO SOY COMO TÚ! ¡PUEDE QUE LO QUE TUVIMOS NO FUESE REAL PARA TI, PERO LO FUE PARA MÍ! ¡QUIERO ODIARTE PERO NO PUEDO! ¡NO PUEDO PORQUE TE QUIERO TANTO QUE YA NO SÉ VIVIR SIN TI! ¡ASÍ QUE DEJA DE SER UN GILIPOLLAS Y DIME POR QUÉ TENGO QUE SER LA ÚNICA QUE SUFRE, LA ÚNICA QUE LLORA, LA ÚNICA A LA QUE LE IMPORTA QUE ESTO SE HAYA ACABADO! ¡DÍMELO!
Se dejó caer hasta el suelo, sin fuerzas, y cerró los ojos.
—Pequeña... —le oyó susurrar.
Ella rió sin ganas. Perfecto, la compadecía porque era patética.
—No puedo más, no puedo más...
No le escuchó acercarse, ya no escuchaba nada.
—Pensé que era más fuerte que esto, pero ya veo que no.
Entonces, unos brazos fuertes y cálidos la rodearon; él la apretó contra su cuerpo tan fuerte que por un momento le fue imposible respirar.
—Yo tampoco puedo más —le susurró al oído, la acercó más a él —si es que aquello era posible— y ocultó el rostro en la curva de su cuello—. Creí que podía aguantar, mantenerte alejada, pero no lo soporto.
Ella no correspondió a su abrazo, estaba demasiado ocupada tratando de asimilar lo que estaba ocurriendo.
Él se separó lo suficiente para poder mirarla a los ojos.
—¿Pequeña?
—No lo entiendo.
Le retiró el cabello oscuro de la cara y acunó su rostro entre las manos. Ella entrecerró los ojos por instinto, como había hecho mil veces antes, concentrándose en su toque.
—No soy bueno para ti —se limitó a decir él.
Y el por qué le estalló en la cara.
Las lágrimas volvieron a brotar, la angustia en su pecho desapareció y los sollozos se abrieron paso a través de su garganta. Le abrazó como si quisiese que fueran uno y lloró en su pecho como una niña mientras él le acariciaba el pelo, sin saber muy bien que más hacer por consolarla.
—Querías que te odiara.
—Lo siento, pequeña, lo siento.
Le golpeo donde pudo, con menos fuerza de la que le gustaría, y siguió llorando; lloró toda la tristeza, el sufrimiento y la ansiedad que había guardado para sí.
—No vuelvas a hacerme esto, por favor —suplicó con voz entrecortada.
—Pero yo no puedo hacerte feliz... —dijo él, confuso.
Aquello logró sacarle una sonrisa, una real. Se secó las lágrimas e intentó recomponer un poco de su orgullo antes de volver a mirarle.
—Eres idiota.
Él alzó las cejas y la miró sorprendido.
Alzó una mano y trazó las líneas de su cara con la punta de los dedos.
—Tus ojos, tu sonrisa, tu cara cuando estás dormido, tu risa, la forma en que me tocas. Nadie más puede darme eso, solo tú. Eres el único que puede hacerme feliz, porque en mi corazón ya no hay cabida para nadie más.
—Te quiero —susurró él; si no le conociera, pensaría que estaba siendo tímido.
Ella volvió a encontrar refugio entre sus brazos.
—Yo también te quiero —dijo, alzó la cabeza y le besó bajo la oreja. Después, susurró—: pero si vuelves a intentar algo así, te mataré.
—¿Es una amenaza? —preguntó, divertido.
—Es una promesa.