viernes, 26 de abril de 2013

A veces me pregunto como la gente puede ser tan hija de puta.
Estoy harta de la gente falsa, es más, creo que estoy harta de la gente en general. Me jode no poder hablar abiertamente por miedo a el que dirán, no poder ser yo misma por si no soy lo suficientemente buena. Así que he decidido mandar todo a la mierda. ¿Qué te gusta lo que ves? Perfecto. ¿Qué no? Pues mira tú que trauma. Que ya me da igual todo, que paso de que lo que opinen los demás gobierne mi vida. Ahora voy a ser capaz de hacer todo lo que no me atrevía a hacer antes, he decidido dejar de tener miedo. Voy a empezar a vivir a mi manera, de la forma que me gusta y me hace feliz. Y que le den por el culo al resto del mundo, que al parecer, si no eres un poco egoísta nadie duda ni un segundo en hundirte.



sábado, 20 de abril de 2013

—¿Estás enamorada de mí?
La pregunta pareció cogerla por sorpresa, la notó tensarse entre sus brazos; alzó la cabeza y le miró con la confusión pintada en sus enormes ojos oscuros. Él reprimió un suspiro, no podía culparla por tomarse aquella pregunta como una trampa.
—¿Qué?
Le apartó un largo mechón de cabello de delante de los ojos y sonrió.
—¿Estás enamorada de mí?
Ella tragó saliva. La confusión dio paso al miedo. En ese momento, deseó poder golpearse así mismo. No debería haberle hecho prometer aquella estupidez, no cuando había sido él el primero en romper ese juramento.
—Y-yo... yo pensé... —balbuceó, desvió la mirada. Las ganas de abrazarla, de enterrar el rostro en la línea de su cuello y aspirar su aroma, se volvieron insufribles. Pero debía esperar. Necesitaba saber—. ¿Acaso e-eso import-ta?
—Eh —la obligó a levantar la barbilla con un dedo y la miró con intensidad, ella se estremeció—, ¿es eso un no?
Sus ojos se humedecieron de repente y él apartó la mano de su cara, sintiéndose como un monstruo. La había hecho llorar.
—Eh, no, pequeña... —susurró. ¿Qué podía decir? Nunca había soportado las lágrimas, mucho menos las suyas—. Sabes que no sé que hacer si lloras así. Para, por favor...
—¿Por qué me haces esto? 
Esta vez, el sorprendido fue él.
—¿Pequeña?
Ella se apartó de él, le dio la espalda e intentó reprimir un sollozo.
—¡Me dijiste que si me enamoraba de ti, esto acabaría! —gritó, con voz rota—. ¡No me obligues a admitirlo!
Él parpadeó, sin caber en sí de gozo.
—Me quieres —susurró, sin creérselo todavía.
Entonces, ella se volvió, con las mejillas empapadas y las manos apretadas contra el pecho. Le temblaba el labio inferior y le embargaron las ganas de atraparlo con los dientes para que dejase de hacerlo.
—Sí, te quiero —masculló ella. Parecía... rota. Y se dio cuenta de que no le había explicado nada—. Y ahora tú vas a irte y yo volveré a quedarme sola.
Y en ese momento, se abalanzó sobre ella y la estrechó entre sus brazos, sin intención de dejarla ir nunca.
—Yo también te quiero.
—¿Qué has dicho?
—Que te quiero.
—Pero yo creía que...
—Fui un gilipollas, porque fui yo el primero en enamorarse de ti. Y me maldije mil veces por hacerte prometer eso.
—Lo fuiste y lo eres —dijo ella en un hilo de voz, con la cara enterrada en su pecho—. Eres un gilipollas, estúpido y arrogante. Me asustaste...
Su cuerpo volvió a encogerse a cada sollozo.
—Lo siento.
—¡Me asustaste!
—No volverá a pasar —le dijo, acariciándole la espalda—, te prometo que...
Ella se alejó lo suficiente de él como para poder mirarle a la cara, le cubrió la boca con la mano y frunció el ceño.
—No quiero que prometas nada. Nunca más. Si me quieres de verdad, sé, aquí dentro —y colocó la otra mano sobre su corazón—, que te quedarás conmigo. Y con eso me basta.
Él sonrió, los ojos le picaban de lágrimas contenidas.
—Mierda, eres perfecta.
Y la besó, larga y profundamente, como si quisiera que el beso jamás terminara.



jueves, 11 de abril de 2013

Ahora eres como yo. Tal vez peor.
—Te quiero.
Dos palabras que le quemaban como ácido vertido en el interior de su pecho. 
Lanzó un suspiro y alzó la cabeza de su lectura. La visión de su ángel caído en el umbral de la puerta, con la ropa empapada y el cabello negro colgándole sobre los ojos grises, la trastornó más de lo que jamás llegaría a admitir. El agua le corría por la cara como lágrimas.
Cerró el libro, lo dejó sobre la mesa, y se puso en pie.
—¿Sabes? —ella habló con voz suave, indiferente, mientras se acercaba a él—, si me lo hubieses dicho hace unos cuantos meses probablemente te habría besado; hoy, en cambio, te puedes ir a la mierda.
—Pequeña... —su voz sonaba como si él se estuviera ahogando, dio un paso hacia adelante. Ella le detuvo con un gesto de la mano y una sonrisa sarcástica dibujada en los labios.
—Ah, no... No empieces con eso. ¿De verdad esperabas que siguiese siendo la misma después de lo que me hiciste? Me rompiste, hijo de puta. Y eso no van a arreglarlo tus "te quiero" vacíos.
Le empujó hacia el pasillo y cerró la puerta; se apoyó en ella con el corazón latiendole dolorosamente en el pecho y cerró los ojos con fuerza, mientras al otro lado un corazón que no era el suyo se rompía en pedazos.




A veces las personas no piensan con la cabeza, sino con el corazón. Cuando eso pasa, siempre hay problemas.
Se impulsó con los pies bajo el agua, intentando alejarse de él, sin mucho resultado; la alcanzó en dos brazadas, atrapó una de sus muñecas y la obligó a volver a su posición inicial: entre sus brazos.
—Tú no vas a ninguna parte —susurró en su oído, ella intentó mantener las distancias. Su mero contacto la obnubilaba, no era capaz de hilar más de dos pensamientos; cuando él la tocaba, todo lo demás carecía de sentido, la sensación de dependencia crecía hasta ser insostenible—. ¿Qué te pasa?
Su voz preocupada la hizo temblar.
—Esto no está bien —le dijo, alzó la cabeza para poder mirarle directamente a los ojos—, no me dejas pensar.
Esbozando una sonrisa, la estrechó un poco más fuerte entre sus brazos.
—¿No puedes pensar si hago esto?
—No... —susurró ella.
—¿Y te molesta? —el tono de suficiencia de su voz la espabiló un poco.
—Sí, cerdo arrogante.
Él se echó a reír.
—¿Y si te beso? ¿Qué pasaría entonces?
Se tensó de inmediato, como una presa bajo la atenta mirada del depredador.
—No voy a dejar que me beses —sentenció, muy seria.
Como si hubiese dicho alguna tontería, él volvió a reír, esta vez más alto.
¿Y desde cuando necesito tu permiso para hacerlo?
Y le dio un beso dulce, húmedo, y se alejó unos centímetros de su rostro; observó su reacción de rendición con una expresión satisfecha.
—Eres adorable.




miércoles, 10 de abril de 2013

No soy igual a las demás; tampoco quiero serlo. ¿Por ello te crees en el derecho de mirarme por encima del hombro, como si tú fueras mejor que yo? ¿Te crees especial por vestir, hablar, pensar y escuchar la misma música que el resto? ¿No tienes amor propio?
Pues yo sí. Estoy orgullosa de mí misma (al menos la mayor parte del tiempo) y de mis gustos. No me creo mejor, ni especial, solo sé que soy diferente a ti. Y eso me basta para ser feliz.






Volveré cuando admitas que no puedes vivir sin mí —dijo, y esbozó esa sonrisa que hacía que se le detuviese el corazón.
—Pues entonces no vas a volver nunca —repuso ella, orgullosa.
—Mentirosa... —mató la distancia que había entre ambos y la besó con suavidad en los labios, apenas un aleteo de mariposa; eso bastó para que las palmas de las manos comenzasen a cosquillearle, ansiando tocarle—, te has enamorado de mí. No pongas esa cara, era inevitable: soy perfecto.
No pudo evitar lanzar un suspiro. Era inútil crear barreras para intentar frenar su avance hacia su corazón, él simplemente las saltaba sin ningún esfuerzo. Rodeó su cuello con los brazos y se acercó aún más; ni una aguja cabía entre sus cuerpos.
Sí, estoy enamorada de ti, estúpido, egocéntrico y egoísta. Y no puedo vivir sin ti.





Pensar que para él eres especial solo te creará decepciones más adelante.