—Volveré cuando admitas que no puedes vivir sin mí —dijo, y esbozó esa sonrisa que hacía que se le detuviese el corazón.
—Pues entonces no vas a volver nunca —repuso ella, orgullosa.
—Mentirosa... —mató la distancia que había entre ambos y la besó con suavidad en los labios, apenas un aleteo de mariposa; eso bastó para que las palmas de las manos comenzasen a cosquillearle, ansiando tocarle—, te has enamorado de mí. No pongas esa cara, era inevitable: soy perfecto.
No pudo evitar lanzar un suspiro. Era inútil crear barreras para intentar frenar su avance hacia su corazón, él simplemente las saltaba sin ningún esfuerzo. Rodeó su cuello con los brazos y se acercó aún más; ni una aguja cabía entre sus cuerpos.

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