jueves, 11 de abril de 2013

Se impulsó con los pies bajo el agua, intentando alejarse de él, sin mucho resultado; la alcanzó en dos brazadas, atrapó una de sus muñecas y la obligó a volver a su posición inicial: entre sus brazos.
—Tú no vas a ninguna parte —susurró en su oído, ella intentó mantener las distancias. Su mero contacto la obnubilaba, no era capaz de hilar más de dos pensamientos; cuando él la tocaba, todo lo demás carecía de sentido, la sensación de dependencia crecía hasta ser insostenible—. ¿Qué te pasa?
Su voz preocupada la hizo temblar.
—Esto no está bien —le dijo, alzó la cabeza para poder mirarle directamente a los ojos—, no me dejas pensar.
Esbozando una sonrisa, la estrechó un poco más fuerte entre sus brazos.
—¿No puedes pensar si hago esto?
—No... —susurró ella.
—¿Y te molesta? —el tono de suficiencia de su voz la espabiló un poco.
—Sí, cerdo arrogante.
Él se echó a reír.
—¿Y si te beso? ¿Qué pasaría entonces?
Se tensó de inmediato, como una presa bajo la atenta mirada del depredador.
—No voy a dejar que me beses —sentenció, muy seria.
Como si hubiese dicho alguna tontería, él volvió a reír, esta vez más alto.
¿Y desde cuando necesito tu permiso para hacerlo?
Y le dio un beso dulce, húmedo, y se alejó unos centímetros de su rostro; observó su reacción de rendición con una expresión satisfecha.
—Eres adorable.




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