sábado, 20 de abril de 2013

—¿Estás enamorada de mí?
La pregunta pareció cogerla por sorpresa, la notó tensarse entre sus brazos; alzó la cabeza y le miró con la confusión pintada en sus enormes ojos oscuros. Él reprimió un suspiro, no podía culparla por tomarse aquella pregunta como una trampa.
—¿Qué?
Le apartó un largo mechón de cabello de delante de los ojos y sonrió.
—¿Estás enamorada de mí?
Ella tragó saliva. La confusión dio paso al miedo. En ese momento, deseó poder golpearse así mismo. No debería haberle hecho prometer aquella estupidez, no cuando había sido él el primero en romper ese juramento.
—Y-yo... yo pensé... —balbuceó, desvió la mirada. Las ganas de abrazarla, de enterrar el rostro en la línea de su cuello y aspirar su aroma, se volvieron insufribles. Pero debía esperar. Necesitaba saber—. ¿Acaso e-eso import-ta?
—Eh —la obligó a levantar la barbilla con un dedo y la miró con intensidad, ella se estremeció—, ¿es eso un no?
Sus ojos se humedecieron de repente y él apartó la mano de su cara, sintiéndose como un monstruo. La había hecho llorar.
—Eh, no, pequeña... —susurró. ¿Qué podía decir? Nunca había soportado las lágrimas, mucho menos las suyas—. Sabes que no sé que hacer si lloras así. Para, por favor...
—¿Por qué me haces esto? 
Esta vez, el sorprendido fue él.
—¿Pequeña?
Ella se apartó de él, le dio la espalda e intentó reprimir un sollozo.
—¡Me dijiste que si me enamoraba de ti, esto acabaría! —gritó, con voz rota—. ¡No me obligues a admitirlo!
Él parpadeó, sin caber en sí de gozo.
—Me quieres —susurró, sin creérselo todavía.
Entonces, ella se volvió, con las mejillas empapadas y las manos apretadas contra el pecho. Le temblaba el labio inferior y le embargaron las ganas de atraparlo con los dientes para que dejase de hacerlo.
—Sí, te quiero —masculló ella. Parecía... rota. Y se dio cuenta de que no le había explicado nada—. Y ahora tú vas a irte y yo volveré a quedarme sola.
Y en ese momento, se abalanzó sobre ella y la estrechó entre sus brazos, sin intención de dejarla ir nunca.
—Yo también te quiero.
—¿Qué has dicho?
—Que te quiero.
—Pero yo creía que...
—Fui un gilipollas, porque fui yo el primero en enamorarse de ti. Y me maldije mil veces por hacerte prometer eso.
—Lo fuiste y lo eres —dijo ella en un hilo de voz, con la cara enterrada en su pecho—. Eres un gilipollas, estúpido y arrogante. Me asustaste...
Su cuerpo volvió a encogerse a cada sollozo.
—Lo siento.
—¡Me asustaste!
—No volverá a pasar —le dijo, acariciándole la espalda—, te prometo que...
Ella se alejó lo suficiente de él como para poder mirarle a la cara, le cubrió la boca con la mano y frunció el ceño.
—No quiero que prometas nada. Nunca más. Si me quieres de verdad, sé, aquí dentro —y colocó la otra mano sobre su corazón—, que te quedarás conmigo. Y con eso me basta.
Él sonrió, los ojos le picaban de lágrimas contenidas.
—Mierda, eres perfecta.
Y la besó, larga y profundamente, como si quisiera que el beso jamás terminara.



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