viernes, 6 de diciembre de 2013


LISTA DE COSAS QUE QUIERO HACER ANTES DE MORIR:

Dejar de ser tan vaga.

—Vencer mis inseguridades.

—Decir 'estoy bien' y sentirlo.

—Hacer las maletas e irme lejos.

—Visitar Londres.

—Visitar Italia.

—Hacerme un tatuaje.

—Vivir la vida que siempre he querido.

—Escribir un libro con todas mis frases y citas favoritas.

—Conocer al amor de mi vida.

—Escribir un libro.

—Ser feliz con mi cuerpo.

—Escribir una carta para mí misma y abrirla en 10 años.

—Quererme.


miércoles, 27 de noviembre de 2013



Ella soñó con cielos estrellados, vestidos pasados de siglo, gatos negros, ojos muy, muy azules y una sensación de vacío en la boca del estómago. Y soñó que caía y caía, como Alicia cuando descendió por la madriguera del conejo. A su alrededor, la oscuridad más absoluta, pero también la luz más radiante. Soñó con objetos de lo más comunes: libros, relojes, tazas de té... y con otros que no existían, que ni siquiera tenían nombre. Soñó con todo y a la vez con nada. Se sintió completa y al mismo tiempo hueca. Y seguía cayendo, cayendo. Y así también caían todos sus sueños y esperanzas, que eran remplazados al instante por otros más fantasiosos, más imposibles. Aquel era el lugar más recóndito, solitario y lúgubre de su mente, pero también en el que pasaba perdida más horas y en el único en el que se sentía a salvo. Era el lugar donde nada de lo que ocurría tenía sentido hasta que lo mirabas una segunda, tercera, cuarta vez y veías el significado detrás de cada pensamiento, objeto, metáfora. Era ese lugar en el que sus demonios interiores volaban libres, hermosos y mortales. Ellos, que le desgarraban el alma con los dientes y se la remendaban a besos.

Entonces, ella soñó que alguien la sujetaba de la muñeca, que impedía que siguiese cayendo. En la oscuridad distinguió mil rostros que formaban uno solo. Las facciones, todas ellas hermosas, se pisaban unas a otras: la rectitud de la nariz, la forma de los ojos, la plenitud de los labios, la longitud del cabello, la definición de la mandíbula... todo cambiaba, transmutaba, desaparecía y aparecía, era destruido y construido de nuevo; sin embargo, había algo que permanecía siempre estático, afín, que jamás variaba un ápice. El color de sus siempre variantes ojos era exactamente el mismo. La única constante en aquel mundo de variables. Eran del azul más increíble, más mágico, más imposible. Un color que solo existía en su imaginación, un secreto que era exclusivamente suyo.

Rozó la superficie del suelo con la punta de los dedos descalzos y le miró, y él la miró a ella. Y el tiempo se detuvo, si es que en aquel sitio existió alguna vez. Su corazón sonreía enseñando todos los dientes y el alma le recitaba canciones que había olvidado mucho tiempo atrás. Ella no comprendía como él, que era la representación del caos que reinaba dentro de su mente, que era el peor de todos sus monstruos y demonios, podía ser tan precioso. No comprendía como podía amarle, como no podía odiarle. Él trazó la línea de su mandíbula con la punta de un dedo frío. A ella se le estremecieron las pupilas, como ocurría cada vez que la tocaba. Él le abría la herida y la lamía para curarla. Él era su todo y su nada.


Porque aquel era el lugar más recóndito, solitario y lúgubre de su mente. Un lugar donde lo que se creía imposible se volvía posible, como, por ejemplo, amar lo peor de uno mismo.

Últimamente me siento bien conmigo misma. No sé cuanto tiempo durará, así que he decidido escribir esto antes de que algo salga mal. Sí, sabéis perfectamente que la felicidad es efímera; no importa con cuantas ganas te aferres a ella, siempre acaba escurriéndose entre tus dedos como si fuera agua, obligándote a ir de nuevo en su busca. 

Es lo que hay, la vida es así.

Sí, ya, bueno, al tema. ¿Qué por qué soy feliz? Pues porque durante estas últimas semanas siento que no soy una completa inútil. Por eso. Puede que parezca patético. Vale, reconozco que es patético, pero la verdad es que me da igual. Tal vez no sepáis lo que es sentirse una buena para nada la mayor parte del tiempo. Tener que fingir una sonrisa delante de la gente. No para no preocuparles, si no para que no acaben de hundirte. Puede que nunca hayáis sentido esa sensación de vacío que te destroza por dentro. Sí, esa que se manifiesta como unas manos invisibles que te estrujan el corazón y los pulmones, dejándote sangrando y sin respiración. Quizás no hayáis experimentado nada de esto. Aunque lo más seguro es que sí. Pues ahora imaginad lo todo contrario: os sentís ligeras, cálidas, la sensación de vacío ha desaparecido. No estás llena, pero ya no duele. Sonríes por qué quieres, no por obligación. Te sientes una persona otra vez.

Así es como me siento yo ahora mismo. Por primera vez en mucho tiempo veo con claridad mi futuro y no es tan negro como yo lo había pintado. Veo mi futuro y no es monótono ni vulgar. Si me esfuerzo podré alcanzar las metas que me había impuesto cuando aún creía que el dolor era pasajero. Si pongo suficiente de mí, sé que podré llegar a ser algo más de lo que soy ahora, tener más de lo que tengo, sentir más de lo que siento. ¿Y por qué no? Puede que por fin logre atrapar la verdadera felicidad. Y os aseguro que cuando ese día llegue no la soltaré jamás.




sábado, 9 de noviembre de 2013

Ella alzó los brazos por encima de la cabeza y él la ayudó a deshacerse de la maldita camiseta, el único obstáculo que impedía que sus pieles se encontraran. La lanzó por detrás del hombro y buscó con los labios la delicada línea de su cuello. Su cuerpo parecía arder bajo el contacto del suyo, y eso le encantaba. Le maravillaba observar las reacciones que solo él podía arrancarle.
—Tengo que decirte una cosa —intentó decir la chica, su voz entrecortada.
—Mmm...
El chico mantuvo la boca deslizándose por su piel, sin permitirle pensar con demasiada claridad. Ella se alejó unos centímetros, lo suficiente para recobrar un poco de su cordura.
—Estoy hablando muy en serio. Es importante para mí decirte esto.
Tal vez fue la expresión de su cara o la solemnidad en sus palabras lo que le hizo detenerse; la observó con sus ojos hermosos y claros y esperó a que continuase. Ella cogió una enorme bocanada de aire y trató de ordenar sus pensamientos. Por un momento, la seguridad y el temple que siempre había visto reflejada en ella despareció. Ante él se hallaba ahora una chica insegura, nerviosa y torpe; parecía tan frágil que, por un momento, le asaltó la idea de encerrarla en la jaula de sus brazos y no soltarla nunca.
—Bueno... ya sabrás que me gustas. Es bastante evidente —comenzó, el sonrojo se agolpó violentamente en su cara—. Ya te lo he dicho muchas veces antes y estaba muy segura de que este sentimiento duraría para siempre... pero creo que algo ha cambiado en estas últimas semanas.
La expresión de desconcierto en el rostro de él la hizo balbucear.
—¡No es que quiera que dejemos de vernos ni nada de eso! —se apresuró a aclarar; ocultó el rostro entre las manos y dejó escapar un profundo suspiro—. Joder, no sé por qué es esto tan difícil. Ya te he visto desnudo, esto debería ser coser y cantar.
Él no pudo evitar sonreír. Era tan tierna. Podía contar con los dedos de una mano las veces en las que la había visto incapaz de expresar sus pensamientos. Así que suponía que debía de sentirse halagado. La cogió de la mano y trazó círculos con el pulgar sobre su piel. Sabía que eso la tranquilizaba.
—Debo parecer estúpida.
—No más que de costumbre.
Él rió su propio chiste y ella le golpeó con suavidad el hombro desnudo.
—No te rías de mí. Está siendo más duro de lo que creía en mi cabeza.
—Simplemente suéltalo.
Le miró con las cejas enarcadas, esbozó una ligera sonrisa y se encogió de hombros.
—Vale. Allá va, ¿preparado?
—Todo lo que podría estarlo.
—Te quiero.
Dos palabras. Un significado tan profundo y tan íntimo que le dejó sin palabras. Apretó la mano que aún le sostenía y con la otra acunó una de sus mejillas. Ella entrecerró los ojos oscuros ante su roce, pero siguió observándole, atenta. Al ver que no reaccionaba de ninguna manera, se aclaró la garganta y prosiguió:
—Sé que es precipitado. Te aseguro que esto me sorprende más a mí que a ti. Nunca pensé que llegaría a necesitar tanto a alguien como te necesito a ti, y la simple idea me asusta. Me aterroriza. Pero ha pasado, aunque aún no sé como. Te quiero. Mucho. Y no te pido que me correspondas, ni siquiera que lo intentes, solo quiero que lo sepas. Y también me gustaría pedirte un favor: no me hagas daño.
El chico parpadeó con estupor, como si hubiese despertado repentinamente de un largo sueño. Inclinó la cabeza hacia ella y toco sutilmente su nariz con la suya.
—Yo nunca te haría daño —le aseguró con voz grave y solemne, como si estuviese pronunciando una promesa. Después, una chispa de socarronería iluminó sus brillantes ojos azules y una sonrisa tironeó de la comisura de sus labios—. Son las chicas las que me lo hacen a mí, ¿sabes? Ahora soy yo el que tengo que pedirte un favor: te quiero, así que no me putees.
La sonrisa de ella podía iluminar una ciudad, un país, un mundo. Le rodeó el cuello con los brazos y le besó con avidez, como si el sabor de su boca fuese un manjar que solo pudiese probar una vez. Él rió contra sus labios, un sonido oscuro y rico, y la tumbó sobre la cama. Y ambos se perdieron amándose el uno al otro.



sábado, 28 de septiembre de 2013

domingo, 22 de septiembre de 2013

La recordó mientras, sentado en una vieja silla orientada hacia la ventana, contemplaba pequeñas gotas de lluvia descender por el cristal. Ella amaba los días de lluvia, cuando nubes grises invadían por completo el cielo y se formaban charcos en las zonas irregulares de las aceras. A él habían terminado por gustarle también, pero sus razones eran muy diferentes. Cada vez que llovía, ella salía como una exhalación de la cama y, aún en pijama, sacaba la cabeza por aquella misma ventana para sentir las gotas de lluvias sobre el rostro. Cuando volvía a entrar estaba completamente empapada y sonreía como una niña pequeña. También solía acurrucarse contra él en días como aquel; ambos permanecían callados, ella con los ojos cerrados, escuchando, como si en el sonido de la lluvia oyese secretos que para los demás estaban prohibidos; él, observándola, mientras le acariciaba el pelo, preguntándose medio en broma y medio en serio, si tal vez, ella era de un planeta diferente.

Muchas veces, se había encontrado a sí mismo alzando los ojos al cielo, tratando de adivinar si llovería o no y, a veces, deseándolo con ansia. A la espera de repetir aquellos pequeños momentos que compartían solo los días de lluvia.


Y ahora allí estaba él, con un cigarrillo entre los labios, el cabello desordenado, preguntándose dónde estaría ella ahora, que estaría haciendo, con quién. Quizás no quisiese saber las respuestas. Suspiró, tiró el cigarro en el suelo y dejó que se consumiese, dejando una marca permanente sobre la madera. Abrió la ventana, algo que no había hecho desde que ella se fue, y sacó la cabeza fuera. La lluvia cayó sobre él sin misericordia alguna y, entonces, sintió que ella estaba a su lado. Cerró los ojos con fuerza y trató de retener ese momento. Casi podía verla ahí, con el cabello oscuro pegado a ambos lados del rostro, los ojos brillantes de emoción, como los de un niño, y una sonrisa fácil en esos labios que tantas veces había besado. Él le sonrió también y dejó que la lluvia se llevase sus lágrimas. Abrió los ojos y contempló las nubes y se preguntó si ella no estaría más allá, mucho más allá, en un planeta lejano y desconocido, y aquella lluvia era su manera de reconfortarle, de decirle que aún estaba con él en cierto modo. Prefería creer eso, preferiría creer cualquier cosa, antes que pensar siquiera en la posibilidad de que ella se hubiese ido para siempre.



martes, 10 de septiembre de 2013

Ella inclinó la oscura cabeza y le observó con esos hipnóticos ojos violetas. Sí, violetas. Él casi se sentía capaz de nadar en ese color, la perfecta mezcla de azul y rojo. Tenía ojos de bruja.
¿Por qué? preguntó de repente. Solo eran dos palabras pero intuía que había un significado muy profundo detrás de ellas. Por primera vez desde que se habían conocido veía en su mirada verdadero desconcierto. La respuesta escapaba a su control y eso no le gustaba. No le gustaba experimentar nada que no pudiese dominar a su antojo. ¿Por qué sigues aquí?
Ahora el confuso era él.
¿Por qué? repitió con voz queda.
La chica se acercó a él con una elegancia casi felina, acortando la distancia entre sus cuerpos; estaban tan cerca que podía sentir el aroma a sándalo que desprendía su piel, el larguísimo cabello negro que le hacía cosquillas en la cara, podía contar los diminutos lunares que salpican una de sus mejillas. Estaban tan cerca que, por un momento, se olvidó de cómo respirar.
He intentado alejarte de mí tantas veces que me es imposible recordarlas todas, pero tú sigues aquí. Quiero saber por qué.
No pudo evitar que una sonrisa tironease de sus labios.
Es bastante evidente.
Un pequeño ceño se instaló entre sus cejas. Tuvo que reprimir el impulso de alisarlo con los dedos.
No para mí dijo, su voz un poco más tensa. No sé mucho sobre como lidiar con otras personas.
Lo sé. Un dolor punzante se instaló en su pecho al ser consciente de que él era el culpable de que ella tuviera esa expresión en el rostro. Se arriesgó a levantar una mano y apartar el cabello que le caía sobre el rostro. Ella no se apartó, así que se instó a dar un paso más allá: enroscó las sedosas y largas hebras alrededor de sus dedos, después las alzó a la luz y contempló con total admiración los destellos azules que ésta sacaba de ellas. Sigo aquí porque quiero. Porque te quiero a ti.
¿Me quieres? No se atrevió a mirarla. Mantuvo los ojos fijos en su mano y en como su cabello le acariciaba la piel como seda negra. No lo entiendo.
Él dejó escapar una carcajada.
No esperaba que lo hicieras. A decir verdad ni yo mismo lo entiendo.
He sido muy mala contigo le recordó ella. No había humor en su voz, ni arrepentimiento. Tan solo exponía un hecho.
Sí, vaya que lo has sido.
Te he hecho daño. Algo en esas palabras fue lo que le hizo finalmente alzar la mirada. Ella le miraba a su vez, con los labios torcidos en un rictus de completa incomprensión, los parpados ligeramente caídos y la cabeza gacha.
¿Te diste cuenta de eso? preguntó, realmente sorprendido. Se había esforzado por guardar sus contradictorios sentimientos para sí, pero aún así ella sabía que le había hecho daño. La chica asintió secamente con la cabeza, una sola vez. ¿Cómo?
Ella le miró.
Ponías esa horrible cara reprochó ella, su expresión pasó de ser desolada a molesta–, como si sintieses mucho dolor físico cada vez que te decía que te fueras, que me dejaras sola.
Las mejillas le ardían. ¿De verdad era tan obvio?
Parecías estar sufriendo tanto que llegué al punto de dejar de intentar que te fueras. Además, a mí también empezaba a dolerme admitió.
¿Qué te dolía?
Dudó durante unos segundos, después colocó una delicada mano sobre el robusto pecho de él.
Aquí, me dolía aquí. Tenías esa expresión y yo solo quería quitarla de tu cara, pero era yo quien la había puesto ahí, así que no sabía que hacer. Entonces, me dolía el pecho.
Bajo el calor de su mano, el corazón le palpitaba con tanta fuerza y rapidez que sus mejillas enrojecieron aún más al pensar que ella estaba sintiéndolo, analizándolo como siempre hacía.
No lo hacías a propósito dijo él, en un intento de reconfortarla y pensar en otra cosa que no fuese su contacto.
Pero aún si no era mi intención, te hice infeliz. Y tú me dices que me quieres. No lo entiendo.
Conmovido, cubrió la mano de ella con la suya y la retuvo ahí, contra su pecho. Sus miradas se encontraron, los ojos violeta cargados de preguntas.
Si para estar contigo tuviese que sufrir para siempre, lo haría. No me importa.
Pero...
Créemesufriría aún más si no te tuviese conmigo.
¿Eso significa querer? ¿Sufrir?
Sintió que se derretía ante su inocencia.
Querer significa compartir. Le acarició el rostro y se deleitó ante la suavidad de su piel. Sus dedos se detuvieron sobre sus pequeños lunares y, sin pensárselo, se inclinó y posó allí sus labios–. Tanto lo bueno como lo malo.
¿Es por eso por lo que cuando a ti te dolía a mi también me dolía? preguntó ella, en apenas un susurro.
Espero que sí. Eso significaría que tú también me quieres, lo que me haría muy feliz.
¿Cómo sé si te quiero?
Él no dijo nada, trazó la línea de su mandíbula con los labios y enterró los dedos en su espesa cabellera.
¿Cómo se siente esto? preguntó, sorprendido de su propia audacia.
Ella se aferró a sus hombros para mantener el equilibrio.
Bien, creo su voz, normalmente monótona y modulada, era ahora aguda y quebradiza.
Se separó de ella unos centímetros, distancia suficiente para mirarla a los ojos, perderse en ellos.
Eres preciosa y quiero besarte. ¿Estás bien con eso?
La vio tragar saliva. En aquel momento parecía tan brillante, tan viva. Nunca pensó que una chica como ella fuese tan sensible a gestos como aquellos. De repente, ella alzó una dubitativa mano y le acarició el mentón, los pómulos, dibujó el contorno de sus labios con la punta de los dedos.
Después de todo lo que te he hecho pasar, ¿estaría bien besarte?
No sé que más sería correcto en este momento, realmente muero en deseos de comprobar si son tan suaves como parecen. Pasó un dedo por su labio inferior y carraspeó–. Voy a besart...
Pero ella se abalanzó sobre él y buscó su boca con los labios; rodeó su cuello con los brazos y tiró de él tan cerca que les era imposible decir donde empezaba uno y acababa el otro. Él la cubrió con su cuerpo e inclinó la cabeza para poder profundizar el beso. Nunca se cansaría de su sabor, de la placentera sensación de tener su cuerpo contra el suyo, el calor que manaba de su piel, la voracidad con la que le devolvía el beso. Nunca se cansaría de ella.
Ambos se separaron jadeantes, aún en los brazos del otro.
Vaya, creo que me gustas más así bromeó él.
No sé que me ha pasado, yo no soy así.
Parecía realmente consternada.
Una parte de ti sí que lo es. Le apartó el pelo de la cara y acunó su rostro entre las manos con ternura. Siempre has tenido ese fuego escondido muy dentro de ti. Y parece que he sido el único que ha conseguido avivarlo se jactó en toda su arrogancia masculina.
Eres el único chico que ha estado tan cerca de mí. Tal vez habría pasado lo mismo si hubiese sido otro.
Contrajo la cara en una mueca de dolor. Auch. Se le había olvidado que esta chica tenía respuestas para todo.
Es una pena que nunca podamos demostrar esa teoría tuya tan divertida. Sonrió ante la mirada confusa que ella le dio, y antes de que pudiese formular su pregunta contestó: No voy a dejar que nadie más te tenga, eres mía. Así que nada de probar si tu fuego se enciende con otros chicos, porque entonces me enfadaré de verdad. Doy bastante miedo, ya sabes.
Y entonces ella sonrió. Y su mundo dejó de girar. Su corazón dejó de latir. Su cerebro dejó de funcionar. Maldita sea, era hermosa. Incluso esa palabra se le quedaba corta. Ella era jodidamente radiante. La forma en la que esos impresionantes ojos brillaban, como si fuesen zafiros, no debería estar permitida.
No iba a demostrar nada le tranquilizó. Apoyó la cabeza en su pecho y rodeó su cintura con los brazos en un estrecho abrazo. Me gusta estar así. Se siente correcto.
Él depositó un beso sobre su cabeza y se entretuvo acariciándole el cabello.
Correcto, um.
Sí. Como si este fuese mi lugar. Nunca me había sentido así antes.
Siempre ha sido tu lugar, nadie encaja mejor aquí que tú. Aunque suene estúpido, supe que estaba enamorado de ti desde el primer instante que te vi admitió, su azoramiento había desaparecido; ahora sentía que compartir sus pensamientos con ella era algo que debía hacer.
La chica se separó ligeramente de él para poder mirarle y ladeó la cabeza, como un pájaro.
¿Te quiero?
Él echó la cabeza hacia atrás y estalló en carcajadas.
¿Me lo estás preguntando? ¡Serás...!, ¡ven aquí! La besó en la boca, un beso corto, pero lleno de amor. No cambiarás nunca.
Y a él no le gustaría que fuese de otro modo.



lunes, 26 de agosto de 2013

Chicos que creéis que el mundo gira a vuestro alrededor, voy a desentrañar una verdad que puede ser bastante dolorosa, así que si no queréis sufrir, dejad de leer. ¿Preparados? ¿No? Bueno, no importa, porque allá va de todas maneras:

¡LO ÚNICO QUE GIRA A VUESTRO ALREDEDOR ES VUESTRO JODIDO EGO, QUÉ ES TAN GRANDE QUE TIENE ÓRBITA Y SATÉLITE PROPIOS!

Dejad de comportaros como gilipollas, por Dios, que tener una cara bonita no justifica lo vacíos y fríos que estáis por dentro. Además, ¿de verdad pensáis que atraeréis a alguna tía que valga la pena siendo así? Pues ya os digo yo que no, eh. Lo único que vais a conseguir son a zorras narcisistas tan estúpidas como vosotros. Así que, hala, poneos las pilas y empezad a utilizar el cerebro un poquito, que aunque parezca mentira, está ahí para algo.

Venga, un besito, majos.

B.

viernes, 2 de agosto de 2013

Estaba harta.
Harta de la situación. Harta de él. Harta de sí misma.
Tenía la sensación de que una mano invisible le oprimía el corazón, sin ninguna intención de soltarlo. Y al parecer, el agarre se hacía aún más fuerte cuando aparecía él y fingía que ella era una parte más del mobiliario.
No aguantaba más, quería saber sus razones; las razones que tenía para torturarla de esa manera, estando tan cerca y tan lejos de ella a la vez; la razones que tenía para ni siquiera mirarla, cuando semanas antes no podía mantener las manos alejadas de ella.
Quería saber el por qué.
Le esperó apoyada contra el marco de la puerta principal, con los brazos cruzados sobre el pecho y la mirada clavada en el suelo, mentalizándose para cuando él se decidiese a salir de casa.
Le escuchó bajar las escaleras con pasos firmes, después el sonido cesó. Supuso que dudaba al verla ahí parada, tal vez nunca pensó que ella acabaría por hacerle frente.
Respirando bien hondo, alzó la cabeza y le miró. Él aún se encontraba al final de las escaleras, con el ceño fruncido y los ojos, muy azules, nublados por una emoción que ella no fue capaz de descifrar.
Y a pesar de todo estaba tan guapo que dolía.
—Necesito saber por qué. —Su propia voz le sonó débil y vacía, y aún así esas cuatro palabras estaban cargadas de todo su dolor y confusión.

El rostro de él no cambió ni un ápice y eso la hundió un poco más.
—Así solo te estás haciendo daño —dijo él, su voz profunda resonó por toda la casa—. Tienes que parar.
Los ojos comenzaron a picarle, las lágrimas a acumularse, y lo último que ella quería era llorar.
Una sonrisa amarga tiró de la comisura de sus labios.
—¿Crees que no quiero? —preguntó, sus dedos se aferraron con fuerza a sus brazos—. ¿Crees que no lo he intentado ya? Sé que todo esto solo es una molestia para ti, pero a mí me está destrozando la vida. Quiero saber que he hecho para ser tratada así.
Vio como un músculo en su mandíbula se tensaba.
—Tienes razón, es una molestia —aquellas palabras se clavaron en su cabeza como dagas—. Solo déjame ir, ¿quieres?
Entonces, estalló.
—¡NO PUEDO! —gritó; las lágrimas que tanto se había esforzado por contener ahora corrían libres por sus mejillas; su corazón palpitaba con fuerza y cada latido era una agonía—. ¡YO NO SOY COMO TÚ! ¡PUEDE QUE LO QUE TUVIMOS NO FUESE REAL PARA TI, PERO LO FUE PARA MÍ! ¡QUIERO ODIARTE PERO NO PUEDO! ¡NO PUEDO PORQUE TE QUIERO TANTO QUE YA NO SÉ VIVIR SIN TI! ¡ASÍ QUE DEJA DE SER UN GILIPOLLAS Y DIME POR QUÉ TENGO QUE SER LA ÚNICA QUE SUFRE, LA ÚNICA QUE LLORA, LA ÚNICA A LA QUE LE IMPORTA QUE ESTO SE HAYA ACABADO! ¡DÍMELO!
Se dejó caer hasta el suelo, sin fuerzas, y cerró los ojos.
—Pequeña... —le oyó susurrar.
Ella rió sin ganas. Perfecto, la compadecía porque era patética.
—No puedo más, no puedo más...
No le escuchó acercarse, ya no escuchaba nada.
—Pensé que era más fuerte que esto, pero ya veo que no.
Entonces, unos brazos fuertes y cálidos la rodearon; él la apretó contra su cuerpo tan fuerte que por un momento le fue imposible respirar.
—Yo tampoco puedo más —le susurró al oído, la acercó más a él —si es que aquello era posible— y ocultó el rostro en la curva de su cuello—. Creí que podía aguantar, mantenerte alejada, pero no lo soporto.
Ella no correspondió a su abrazo, estaba demasiado ocupada tratando de asimilar lo que estaba ocurriendo.
Él se separó lo suficiente para poder mirarla a los ojos.
—¿Pequeña?
—No lo entiendo.
Le retiró el cabello oscuro de la cara y acunó su rostro entre las manos. Ella entrecerró los ojos por instinto, como había hecho mil veces antes, concentrándose en su toque.
—No soy bueno para ti —se limitó a decir él.
Y el por qué le estalló en la cara.
Las lágrimas volvieron a brotar, la angustia en su pecho desapareció y los sollozos se abrieron paso a través de su garganta. Le abrazó como si quisiese que fueran uno y lloró en su pecho como una niña mientras él le acariciaba el pelo, sin saber muy bien que más hacer por consolarla.
—Querías que te odiara.
—Lo siento, pequeña, lo siento.
Le golpeo donde pudo, con menos fuerza de la que le gustaría, y siguió llorando; lloró toda la tristeza, el sufrimiento y la ansiedad que había guardado para sí.
—No vuelvas a hacerme esto, por favor —suplicó con voz entrecortada.
—Pero yo no puedo hacerte feliz... —dijo él, confuso.
Aquello logró sacarle una sonrisa, una real. Se secó las lágrimas e intentó recomponer un poco de su orgullo antes de volver a mirarle.
—Eres idiota.
Él alzó las cejas y la miró sorprendido. 
Alzó una mano y trazó las líneas de su cara con la punta de los dedos.
—Tus ojos, tu sonrisa, tu cara cuando estás dormido, tu risa, la forma en que me tocas. Nadie más puede darme eso, solo tú. Eres el único que puede hacerme feliz, porque en mi corazón ya no hay cabida para nadie más.
—Te quiero —susurró él; si no le conociera, pensaría que estaba siendo tímido.
Ella volvió a encontrar refugio entre sus brazos.
—Yo también te quiero —dijo, alzó la cabeza y le besó bajo la oreja. Después, susurró—: pero si vuelves a intentar algo así, te mataré.
—¿Es una amenaza? —preguntó, divertido.
—Es una promesa.




miércoles, 31 de julio de 2013

—Eres diferente —dijo.
Viniendo de él, no sabía como tomárselo, si como un cumplido o un insulto.
—Ya me había dado cuenta —se limitó a contestar, se abrazó las piernas y apoyó la barbilla sobre las rodillas; sus ojos oscuros recorrieron la copa de los árboles que se extendían como un manto delante de ella.
—¿Ah, sí? —añadió él. 
Pudo escuchar el sonido de sus pisadas sobre la hierba, acercándose. El vello de su nuca se erizó, como si detrás de ella hubiese un animal salvaje en vez de una persona. Aunque pensándolo bien, tal vez su sexto sentido no iba del todo mal encaminado.
Lanzó un suspiró y se forzó a no dejar de mirar el paisaje. Intentaba ponerla nerviosa —y lo estaba consiguiendo—, pero no tenía por qué dejarle saber eso.
—Si no fuera diferente, no estaría aquí ahora mismo, ¿no crees?
El sonido de su risa casi la hace saltar del sitio. ¿Se estaba riendo de ella? Eso la enfureció y confundió a la vez. Pero lo que más la confundía era el simple hecho de que él riera. No sabía que supiese cómo hacerlo.
—Tal vez tengas razón.
—¿Tal vez? —repitió, esta vez se permitió alzar la cabeza para mirarle. Y al igual que la primera vez que se habían conocido, su atractivo la dejó sin aliento durante unos instantes. Nadie podía ser tan guapo. Tal vez él era alguna especie de ángel, aunque con esa personalidad le pegaba más ser un demonio—. Ninguna persona normal aguantaría contigo más de cinco minutos.
Él enarcó una ceja y se inclinó hacia ella, que tuvo que luchar contra el impulso de retroceder.
—Eres bastante hiriente.
—Es parte de mi encanto personal.
Volvió a reír, y esta vez ella pudo verle. Si el simple hecho de mirarle la atontaba, mirarle mientras se reía surtía un efecto mil veces más devastador; sentía el corazón latir frenético en su pecho, las manos le picaban ansiando poder alcanzar uno de sus mechones de largo cabello para comprobar si era tan suave como parecía y sentía como le ardía la cara por culpa del rubor. ¿En qué momento se había convertido en una niña enamorada? Él la estaba mirando con una media sonrisa en los labios. Sabía el efecto que tenía sobre ella y estaba disfrutando cada segundo.
—Creo que parte de mi sentido común ha vuelto —susurró en voz muy baja, poniéndose en pie—. Me voy.
Él no dijo nada, dejó que se sacudiese los pedazos de hierba de la ropa y se alejase de él antes de decir:
Quédate.
Ella se quedó petrificada. ¿Por qué aquello había sonado como una súplica a sus oídos? Se volvió a medias, lo suficiente para poder mirar su perfil. La sonrisa había desaparecido y volvía a tener el ceño fruncido y la mirada vacía de siempre.
—¿Has dicho algo?
Él la miró fijamente, molesto.
—Ya me has oído.
—No, no lo he hecho.
Le pareció que mascullaba, en voz lo suficientemente baja como para que ella no pudiese entender lo que decía. Tampoco estaba segura de querer hacerlo.
—Quédate —repitió.
Ella sonrió abiertamente. Así que no era la única afectada. Se acercó lentamente, balanceando los brazos, dejándole saber que iba a disfrutar de aquel instante de gloria.
—No es como si tuviese un lugar al que ir de todos modos.
No es como si hubiese querido irse desde un principio. Pero eso era algo que solo ella sabría.


Fragmento de el libro que estoy escribiendo.

La gente que no lee pregunta que es tan bueno de hacerlo cuándo puede se salir todos los días a la calle a divertirte. Yo les pregunto a ellos: ¿qué es tan bueno de salir todos los días a la calle para terminar haciendo lo mismo una y otra vez? Porque sabéis que termináis haciendo o diciendo lo mismo.
Con esto, no quiero decir que las personas que leemos estemos siempre con la nariz pegada a un libro. Aunque os parezca difícil de creer, nosotros también tenemos amigos con los que salir de vez en cuando. 
Repito: de vez en cuando.
Porque creo que quedarnos en casa un par de días, debería ser obligatorio. Así que, creo que deberías probar a pasar una tarde en vuestro cuarto, sin nadie que os moleste, e intentar leer un libro. Es cómo viajar a un mundo paralelo en el que tú no eres tú, ni tus padres son tus padres, ni tu hermano es tu hermano. Personalmente, para mí leer significa liberación. Por unas horas, soy capaz de quitarme los grilletes que me atan a la pura y dura realidad y puedo volar o matar demonios, o ser una princesa o simplemente una adolescente con problemas con su novio.
No pido que lo entendáis, solo que lo intentéis. Y después, podréis discutir sabiendo de lo que habláis.



Yo pienso en la felicidad como en un unicornio. Es posible que nunca la encuentre, pero no por eso voy a perder la esperanza.
Cuando amas vas a salir herido, antes o después. Pero puedes elegir entre curarte las heridas tú solo o dejar que alguien lo haga por ti.

miércoles, 1 de mayo de 2013

—No puedes seguir así. 
—¿Quién eres tú para impedírmelo  
—¿Alguien que se preocupa por ti? 
—Hace mucho que ya nadie se preocupa por mí.

viernes, 26 de abril de 2013

A veces me pregunto como la gente puede ser tan hija de puta.
Estoy harta de la gente falsa, es más, creo que estoy harta de la gente en general. Me jode no poder hablar abiertamente por miedo a el que dirán, no poder ser yo misma por si no soy lo suficientemente buena. Así que he decidido mandar todo a la mierda. ¿Qué te gusta lo que ves? Perfecto. ¿Qué no? Pues mira tú que trauma. Que ya me da igual todo, que paso de que lo que opinen los demás gobierne mi vida. Ahora voy a ser capaz de hacer todo lo que no me atrevía a hacer antes, he decidido dejar de tener miedo. Voy a empezar a vivir a mi manera, de la forma que me gusta y me hace feliz. Y que le den por el culo al resto del mundo, que al parecer, si no eres un poco egoísta nadie duda ni un segundo en hundirte.



sábado, 20 de abril de 2013

—¿Estás enamorada de mí?
La pregunta pareció cogerla por sorpresa, la notó tensarse entre sus brazos; alzó la cabeza y le miró con la confusión pintada en sus enormes ojos oscuros. Él reprimió un suspiro, no podía culparla por tomarse aquella pregunta como una trampa.
—¿Qué?
Le apartó un largo mechón de cabello de delante de los ojos y sonrió.
—¿Estás enamorada de mí?
Ella tragó saliva. La confusión dio paso al miedo. En ese momento, deseó poder golpearse así mismo. No debería haberle hecho prometer aquella estupidez, no cuando había sido él el primero en romper ese juramento.
—Y-yo... yo pensé... —balbuceó, desvió la mirada. Las ganas de abrazarla, de enterrar el rostro en la línea de su cuello y aspirar su aroma, se volvieron insufribles. Pero debía esperar. Necesitaba saber—. ¿Acaso e-eso import-ta?
—Eh —la obligó a levantar la barbilla con un dedo y la miró con intensidad, ella se estremeció—, ¿es eso un no?
Sus ojos se humedecieron de repente y él apartó la mano de su cara, sintiéndose como un monstruo. La había hecho llorar.
—Eh, no, pequeña... —susurró. ¿Qué podía decir? Nunca había soportado las lágrimas, mucho menos las suyas—. Sabes que no sé que hacer si lloras así. Para, por favor...
—¿Por qué me haces esto? 
Esta vez, el sorprendido fue él.
—¿Pequeña?
Ella se apartó de él, le dio la espalda e intentó reprimir un sollozo.
—¡Me dijiste que si me enamoraba de ti, esto acabaría! —gritó, con voz rota—. ¡No me obligues a admitirlo!
Él parpadeó, sin caber en sí de gozo.
—Me quieres —susurró, sin creérselo todavía.
Entonces, ella se volvió, con las mejillas empapadas y las manos apretadas contra el pecho. Le temblaba el labio inferior y le embargaron las ganas de atraparlo con los dientes para que dejase de hacerlo.
—Sí, te quiero —masculló ella. Parecía... rota. Y se dio cuenta de que no le había explicado nada—. Y ahora tú vas a irte y yo volveré a quedarme sola.
Y en ese momento, se abalanzó sobre ella y la estrechó entre sus brazos, sin intención de dejarla ir nunca.
—Yo también te quiero.
—¿Qué has dicho?
—Que te quiero.
—Pero yo creía que...
—Fui un gilipollas, porque fui yo el primero en enamorarse de ti. Y me maldije mil veces por hacerte prometer eso.
—Lo fuiste y lo eres —dijo ella en un hilo de voz, con la cara enterrada en su pecho—. Eres un gilipollas, estúpido y arrogante. Me asustaste...
Su cuerpo volvió a encogerse a cada sollozo.
—Lo siento.
—¡Me asustaste!
—No volverá a pasar —le dijo, acariciándole la espalda—, te prometo que...
Ella se alejó lo suficiente de él como para poder mirarle a la cara, le cubrió la boca con la mano y frunció el ceño.
—No quiero que prometas nada. Nunca más. Si me quieres de verdad, sé, aquí dentro —y colocó la otra mano sobre su corazón—, que te quedarás conmigo. Y con eso me basta.
Él sonrió, los ojos le picaban de lágrimas contenidas.
—Mierda, eres perfecta.
Y la besó, larga y profundamente, como si quisiera que el beso jamás terminara.