Ella inclinó la oscura cabeza y le observó con esos hipnóticos ojos violetas. Sí, violetas. Él casi se sentía capaz de nadar en ese color, la perfecta mezcla de azul y rojo. Tenía ojos de bruja.
—¿Por qué? —preguntó de repente. Solo eran dos palabras pero intuía que había un significado muy profundo detrás de ellas. Por primera vez desde que se habían conocido veía en su mirada verdadero desconcierto. La respuesta escapaba a su control y eso no le gustaba. No le gustaba experimentar nada que no pudiese dominar a su antojo—. ¿Por qué sigues aquí?
Ahora el confuso era él.
—¿Por qué? —repitió con voz queda.
La chica se acercó a él con una elegancia casi felina, acortando la distancia entre sus cuerpos; estaban tan cerca que podía sentir el aroma a sándalo que desprendía su piel, el larguísimo cabello negro que le hacía cosquillas en la cara, podía contar los diminutos lunares que salpican una de sus mejillas. Estaban tan cerca que, por un momento, se olvidó de cómo respirar.
—He intentado alejarte de mí tantas veces que me es imposible recordarlas todas, pero tú sigues aquí. Quiero saber por qué.
No pudo evitar que una sonrisa tironease de sus labios.
—Es bastante evidente.
Un pequeño ceño se instaló entre sus cejas. Tuvo que reprimir el impulso de alisarlo con los dedos.
—No para mí —dijo, su voz un poco más tensa—. No sé mucho sobre como lidiar con otras personas.
—Lo sé. —Un dolor punzante se instaló en su pecho al ser consciente de que él era el culpable de que ella tuviera esa expresión en el rostro. Se arriesgó a levantar una mano y apartar el cabello que le caía sobre el rostro. Ella no se apartó, así que se instó a dar un paso más allá: enroscó las sedosas y largas hebras alrededor de sus dedos, después las alzó a la luz y contempló con total admiración los destellos azules que ésta sacaba de ellas—. Sigo aquí porque quiero. Porque te quiero a ti.
—¿Me quieres? —No se atrevió a mirarla. Mantuvo los ojos fijos en su mano y en como su cabello le acariciaba la piel como seda negra—. No lo entiendo.
Él dejó escapar una carcajada.
—No esperaba que lo hicieras. A decir verdad ni yo mismo lo entiendo.
—He sido muy mala contigo —le recordó ella. No había humor en su voz, ni arrepentimiento. Tan solo exponía un hecho.
—Sí, vaya que lo has sido.
—Te he hecho daño. —Algo en esas palabras fue lo que le hizo finalmente alzar la mirada. Ella le miraba a su vez, con los labios torcidos en un rictus de completa incomprensión, los parpados ligeramente caídos y la cabeza gacha.
—¿Te diste cuenta de eso? —preguntó, realmente sorprendido. Se había esforzado por guardar sus contradictorios sentimientos para sí, pero aún así ella sabía que le había hecho daño. La chica asintió secamente con la cabeza, una sola vez—. ¿Cómo?
Ella le miró.
—Ponías esa horrible cara —reprochó ella, su expresión pasó de ser desolada a molesta–, como si sintieses mucho dolor físico cada vez que te decía que te fueras, que me dejaras sola.
Las mejillas le ardían. ¿De verdad era tan obvio?
—Parecías estar sufriendo tanto que llegué al punto de dejar de intentar que te fueras. Además, a mí también empezaba a dolerme —admitió.
—¿Qué te dolía?
Dudó durante unos segundos, después colocó una delicada mano sobre el robusto pecho de él.
—Aquí, me dolía aquí. Tenías esa expresión y yo solo quería quitarla de tu cara, pero era yo quien la había puesto ahí, así que no sabía que hacer. Entonces, me dolía el pecho.
Bajo el calor de su mano, el corazón le palpitaba con tanta fuerza y rapidez que sus mejillas enrojecieron aún más al pensar que ella estaba sintiéndolo, analizándolo como siempre hacía.
—No lo hacías a propósito —dijo él, en un intento de reconfortarla y pensar en otra cosa que no fuese su contacto.
—Pero aún si no era mi intención, te hice infeliz. Y tú me dices que me quieres. No lo entiendo.
Conmovido, cubrió la mano de ella con la suya y la retuvo ahí, contra su pecho. Sus miradas se encontraron, los ojos violeta cargados de preguntas.
—Si para estar contigo tuviese que sufrir para siempre, lo haría. No me importa.
—Pero...
—Créeme, sufriría aún más si no te tuviese conmigo.
—¿Eso significa querer? ¿Sufrir?
Sintió que se derretía ante su inocencia.
—Querer significa compartir. —Le acarició el rostro y se deleitó ante la suavidad de su piel. Sus dedos se detuvieron sobre sus pequeños lunares y, sin pensárselo, se inclinó y posó allí sus labios–. Tanto lo bueno como lo malo.
—¿Es por eso por lo que cuando a ti te dolía a mi también me dolía? —preguntó ella, en apenas un susurro.
—Espero que sí. Eso significaría que tú también me quieres, lo que me haría muy feliz.
—¿Cómo sé si te quiero?
Él no dijo nada, trazó la línea de su mandíbula con los labios y enterró los dedos en su espesa cabellera.
—¿Cómo se siente esto? —preguntó, sorprendido de su propia audacia.
Ella se aferró a sus hombros para mantener el equilibrio.
—Bien, creo —su voz, normalmente monótona y modulada, era ahora aguda y quebradiza.
Se separó de ella unos centímetros, distancia suficiente para mirarla a los ojos, perderse en ellos.
—Eres preciosa y quiero besarte. ¿Estás bien con eso?
La vio tragar saliva. En aquel momento parecía tan brillante, tan viva. Nunca pensó que una chica como ella fuese tan sensible a gestos como aquellos. De repente, ella alzó una dubitativa mano y le acarició el mentón, los pómulos, dibujó el contorno de sus labios con la punta de los dedos.
—Después de todo lo que te he hecho pasar, ¿estaría bien besarte?
—No sé que más sería correcto en este momento, realmente muero en deseos de comprobar si son tan suaves como parecen. —Pasó un dedo por su labio inferior y carraspeó–. Voy a besart...
Pero ella se abalanzó sobre él y buscó su boca con los labios; rodeó su cuello con los brazos y tiró de él tan cerca que les era imposible decir donde empezaba uno y acababa el otro. Él la cubrió con su cuerpo e inclinó la cabeza para poder profundizar el beso. Nunca se cansaría de su sabor, de la placentera sensación de tener su cuerpo contra el suyo, el calor que manaba de su piel, la voracidad con la que le devolvía el beso. Nunca se cansaría de ella.
Ambos se separaron jadeantes, aún en los brazos del otro.
—Vaya, creo que me gustas más así —bromeó él.
—No sé que me ha pasado, yo no soy así.
Parecía realmente consternada.
—Una parte de ti sí que lo es. —Le apartó el pelo de la cara y acunó su rostro entre las manos con ternura—. Siempre has tenido ese fuego escondido muy dentro de ti. Y parece que he sido el único que ha conseguido avivarlo —se jactó en toda su arrogancia masculina.
—Eres el único chico que ha estado tan cerca de mí. Tal vez habría pasado lo mismo si hubiese sido otro.
Contrajo la cara en una mueca de dolor. Auch. Se le había olvidado que esta chica tenía respuestas para todo.
—Es una pena que nunca podamos demostrar esa teoría tuya tan divertida. —Sonrió ante la mirada confusa que ella le dio, y antes de que pudiese formular su pregunta contestó—: No voy a dejar que nadie más te tenga, eres mía. Así que nada de probar si tu fuego se enciende con otros chicos, porque entonces me enfadaré de verdad. Doy bastante miedo, ya sabes.
Y entonces ella sonrió. Y su mundo dejó de girar. Su corazón dejó de latir. Su cerebro dejó de funcionar. Maldita sea, era hermosa. Incluso esa palabra se le quedaba corta. Ella era jodidamente radiante. La forma en la que esos impresionantes ojos brillaban, como si fuesen zafiros, no debería estar permitida.
—No iba a demostrar nada —le tranquilizó. Apoyó la cabeza en su pecho y rodeó su cintura con los brazos en un estrecho abrazo. Me gusta estar así. Se siente correcto.
Él depositó un beso sobre su cabeza y se entretuvo acariciándole el cabello.
—Correcto, um.
—Sí. Como si este fuese mi lugar. Nunca me había sentido así antes.
—Siempre ha sido tu lugar, nadie encaja mejor aquí que tú. Aunque suene estúpido, supe que estaba enamorado de ti desde el primer instante que te vi —admitió, su azoramiento había desaparecido; ahora sentía que compartir sus pensamientos con ella era algo que debía hacer.
La chica se separó ligeramente de él para poder mirarle y ladeó la cabeza, como un pájaro.
—¿Te quiero?
Él echó la cabeza hacia atrás y estalló en carcajadas.
—¿Me lo estás preguntando? ¡Serás...!, ¡ven aquí! —La besó en la boca, un beso corto, pero lleno de amor—. No cambiarás nunca.
Y a él no le gustaría que fuese de otro modo.