miércoles, 27 de noviembre de 2013



Ella soñó con cielos estrellados, vestidos pasados de siglo, gatos negros, ojos muy, muy azules y una sensación de vacío en la boca del estómago. Y soñó que caía y caía, como Alicia cuando descendió por la madriguera del conejo. A su alrededor, la oscuridad más absoluta, pero también la luz más radiante. Soñó con objetos de lo más comunes: libros, relojes, tazas de té... y con otros que no existían, que ni siquiera tenían nombre. Soñó con todo y a la vez con nada. Se sintió completa y al mismo tiempo hueca. Y seguía cayendo, cayendo. Y así también caían todos sus sueños y esperanzas, que eran remplazados al instante por otros más fantasiosos, más imposibles. Aquel era el lugar más recóndito, solitario y lúgubre de su mente, pero también en el que pasaba perdida más horas y en el único en el que se sentía a salvo. Era el lugar donde nada de lo que ocurría tenía sentido hasta que lo mirabas una segunda, tercera, cuarta vez y veías el significado detrás de cada pensamiento, objeto, metáfora. Era ese lugar en el que sus demonios interiores volaban libres, hermosos y mortales. Ellos, que le desgarraban el alma con los dientes y se la remendaban a besos.

Entonces, ella soñó que alguien la sujetaba de la muñeca, que impedía que siguiese cayendo. En la oscuridad distinguió mil rostros que formaban uno solo. Las facciones, todas ellas hermosas, se pisaban unas a otras: la rectitud de la nariz, la forma de los ojos, la plenitud de los labios, la longitud del cabello, la definición de la mandíbula... todo cambiaba, transmutaba, desaparecía y aparecía, era destruido y construido de nuevo; sin embargo, había algo que permanecía siempre estático, afín, que jamás variaba un ápice. El color de sus siempre variantes ojos era exactamente el mismo. La única constante en aquel mundo de variables. Eran del azul más increíble, más mágico, más imposible. Un color que solo existía en su imaginación, un secreto que era exclusivamente suyo.

Rozó la superficie del suelo con la punta de los dedos descalzos y le miró, y él la miró a ella. Y el tiempo se detuvo, si es que en aquel sitio existió alguna vez. Su corazón sonreía enseñando todos los dientes y el alma le recitaba canciones que había olvidado mucho tiempo atrás. Ella no comprendía como él, que era la representación del caos que reinaba dentro de su mente, que era el peor de todos sus monstruos y demonios, podía ser tan precioso. No comprendía como podía amarle, como no podía odiarle. Él trazó la línea de su mandíbula con la punta de un dedo frío. A ella se le estremecieron las pupilas, como ocurría cada vez que la tocaba. Él le abría la herida y la lamía para curarla. Él era su todo y su nada.


Porque aquel era el lugar más recóndito, solitario y lúgubre de su mente. Un lugar donde lo que se creía imposible se volvía posible, como, por ejemplo, amar lo peor de uno mismo.

Últimamente me siento bien conmigo misma. No sé cuanto tiempo durará, así que he decidido escribir esto antes de que algo salga mal. Sí, sabéis perfectamente que la felicidad es efímera; no importa con cuantas ganas te aferres a ella, siempre acaba escurriéndose entre tus dedos como si fuera agua, obligándote a ir de nuevo en su busca. 

Es lo que hay, la vida es así.

Sí, ya, bueno, al tema. ¿Qué por qué soy feliz? Pues porque durante estas últimas semanas siento que no soy una completa inútil. Por eso. Puede que parezca patético. Vale, reconozco que es patético, pero la verdad es que me da igual. Tal vez no sepáis lo que es sentirse una buena para nada la mayor parte del tiempo. Tener que fingir una sonrisa delante de la gente. No para no preocuparles, si no para que no acaben de hundirte. Puede que nunca hayáis sentido esa sensación de vacío que te destroza por dentro. Sí, esa que se manifiesta como unas manos invisibles que te estrujan el corazón y los pulmones, dejándote sangrando y sin respiración. Quizás no hayáis experimentado nada de esto. Aunque lo más seguro es que sí. Pues ahora imaginad lo todo contrario: os sentís ligeras, cálidas, la sensación de vacío ha desaparecido. No estás llena, pero ya no duele. Sonríes por qué quieres, no por obligación. Te sientes una persona otra vez.

Así es como me siento yo ahora mismo. Por primera vez en mucho tiempo veo con claridad mi futuro y no es tan negro como yo lo había pintado. Veo mi futuro y no es monótono ni vulgar. Si me esfuerzo podré alcanzar las metas que me había impuesto cuando aún creía que el dolor era pasajero. Si pongo suficiente de mí, sé que podré llegar a ser algo más de lo que soy ahora, tener más de lo que tengo, sentir más de lo que siento. ¿Y por qué no? Puede que por fin logre atrapar la verdadera felicidad. Y os aseguro que cuando ese día llegue no la soltaré jamás.




sábado, 9 de noviembre de 2013

Ella alzó los brazos por encima de la cabeza y él la ayudó a deshacerse de la maldita camiseta, el único obstáculo que impedía que sus pieles se encontraran. La lanzó por detrás del hombro y buscó con los labios la delicada línea de su cuello. Su cuerpo parecía arder bajo el contacto del suyo, y eso le encantaba. Le maravillaba observar las reacciones que solo él podía arrancarle.
—Tengo que decirte una cosa —intentó decir la chica, su voz entrecortada.
—Mmm...
El chico mantuvo la boca deslizándose por su piel, sin permitirle pensar con demasiada claridad. Ella se alejó unos centímetros, lo suficiente para recobrar un poco de su cordura.
—Estoy hablando muy en serio. Es importante para mí decirte esto.
Tal vez fue la expresión de su cara o la solemnidad en sus palabras lo que le hizo detenerse; la observó con sus ojos hermosos y claros y esperó a que continuase. Ella cogió una enorme bocanada de aire y trató de ordenar sus pensamientos. Por un momento, la seguridad y el temple que siempre había visto reflejada en ella despareció. Ante él se hallaba ahora una chica insegura, nerviosa y torpe; parecía tan frágil que, por un momento, le asaltó la idea de encerrarla en la jaula de sus brazos y no soltarla nunca.
—Bueno... ya sabrás que me gustas. Es bastante evidente —comenzó, el sonrojo se agolpó violentamente en su cara—. Ya te lo he dicho muchas veces antes y estaba muy segura de que este sentimiento duraría para siempre... pero creo que algo ha cambiado en estas últimas semanas.
La expresión de desconcierto en el rostro de él la hizo balbucear.
—¡No es que quiera que dejemos de vernos ni nada de eso! —se apresuró a aclarar; ocultó el rostro entre las manos y dejó escapar un profundo suspiro—. Joder, no sé por qué es esto tan difícil. Ya te he visto desnudo, esto debería ser coser y cantar.
Él no pudo evitar sonreír. Era tan tierna. Podía contar con los dedos de una mano las veces en las que la había visto incapaz de expresar sus pensamientos. Así que suponía que debía de sentirse halagado. La cogió de la mano y trazó círculos con el pulgar sobre su piel. Sabía que eso la tranquilizaba.
—Debo parecer estúpida.
—No más que de costumbre.
Él rió su propio chiste y ella le golpeó con suavidad el hombro desnudo.
—No te rías de mí. Está siendo más duro de lo que creía en mi cabeza.
—Simplemente suéltalo.
Le miró con las cejas enarcadas, esbozó una ligera sonrisa y se encogió de hombros.
—Vale. Allá va, ¿preparado?
—Todo lo que podría estarlo.
—Te quiero.
Dos palabras. Un significado tan profundo y tan íntimo que le dejó sin palabras. Apretó la mano que aún le sostenía y con la otra acunó una de sus mejillas. Ella entrecerró los ojos oscuros ante su roce, pero siguió observándole, atenta. Al ver que no reaccionaba de ninguna manera, se aclaró la garganta y prosiguió:
—Sé que es precipitado. Te aseguro que esto me sorprende más a mí que a ti. Nunca pensé que llegaría a necesitar tanto a alguien como te necesito a ti, y la simple idea me asusta. Me aterroriza. Pero ha pasado, aunque aún no sé como. Te quiero. Mucho. Y no te pido que me correspondas, ni siquiera que lo intentes, solo quiero que lo sepas. Y también me gustaría pedirte un favor: no me hagas daño.
El chico parpadeó con estupor, como si hubiese despertado repentinamente de un largo sueño. Inclinó la cabeza hacia ella y toco sutilmente su nariz con la suya.
—Yo nunca te haría daño —le aseguró con voz grave y solemne, como si estuviese pronunciando una promesa. Después, una chispa de socarronería iluminó sus brillantes ojos azules y una sonrisa tironeó de la comisura de sus labios—. Son las chicas las que me lo hacen a mí, ¿sabes? Ahora soy yo el que tengo que pedirte un favor: te quiero, así que no me putees.
La sonrisa de ella podía iluminar una ciudad, un país, un mundo. Le rodeó el cuello con los brazos y le besó con avidez, como si el sabor de su boca fuese un manjar que solo pudiese probar una vez. Él rió contra sus labios, un sonido oscuro y rico, y la tumbó sobre la cama. Y ambos se perdieron amándose el uno al otro.