Ella
alzó los brazos por encima de la cabeza y él la ayudó a deshacerse
de la maldita camiseta, el único obstáculo que impedía que sus
pieles se encontraran. La lanzó por detrás del hombro y buscó con
los labios la delicada línea de su cuello. Su cuerpo parecía arder
bajo el contacto del suyo, y eso le encantaba. Le maravillaba
observar las reacciones que solo él podía arrancarle.
—Tengo
que decirte una cosa —intentó decir la chica, su voz entrecortada.
—Mmm...
El
chico mantuvo la boca deslizándose por su piel, sin permitirle
pensar con demasiada claridad. Ella se alejó unos centímetros, lo
suficiente para recobrar un poco de su cordura.
—Estoy
hablando muy en serio. Es importante para mí decirte esto.
Tal
vez fue la expresión de su cara o la solemnidad en sus palabras lo
que le hizo detenerse; la observó con sus ojos hermosos y claros y
esperó a que continuase. Ella cogió una enorme bocanada de aire y
trató de ordenar sus pensamientos. Por un momento, la seguridad y el
temple que siempre había visto reflejada en ella despareció. Ante
él se hallaba ahora una chica insegura, nerviosa y torpe; parecía
tan frágil que, por un momento, le asaltó la idea de encerrarla en
la jaula de sus brazos y no soltarla nunca.
—Bueno...
ya sabrás que me gustas. Es bastante evidente —comenzó,
el sonrojo se agolpó violentamente en su cara—.
Ya te lo he dicho muchas
veces antes y estaba muy segura de que este sentimiento duraría para
siempre... pero creo que algo ha cambiado en estas últimas semanas.
La
expresión de desconcierto en el rostro de él la hizo balbucear.
—¡No
es que quiera que dejemos de vernos ni nada de eso! —se
apresuró a aclarar; ocultó el rostro entre las manos y dejó
escapar un profundo suspiro—.
Joder, no sé por qué
es esto tan difícil. Ya te he visto desnudo, esto debería ser coser
y cantar.
Él
no pudo evitar sonreír. Era tan tierna. Podía contar con los dedos
de una mano las veces en las que la había visto incapaz de expresar
sus pensamientos. Así que suponía que debía de sentirse halagado.
La cogió de la mano y trazó círculos con el pulgar sobre su piel.
Sabía que eso la tranquilizaba.
—Debo
parecer estúpida.
—No
más que de costumbre.
Él
rió su propio chiste y ella le golpeó con suavidad el hombro
desnudo.
—No
te rías de mí. Está siendo más duro de lo que creía en mi
cabeza.
—Simplemente
suéltalo.
Le
miró con las cejas enarcadas, esbozó una ligera sonrisa y se
encogió de hombros.
—Vale.
Allá va, ¿preparado?
—Todo
lo que podría estarlo.
—Te
quiero.
Dos
palabras. Un significado tan profundo y tan íntimo que le dejó sin
palabras. Apretó la mano que aún le sostenía y con la otra acunó
una de sus mejillas. Ella entrecerró los ojos oscuros ante su roce,
pero siguió observándole, atenta. Al
ver que no reaccionaba de ninguna manera, se aclaró la garganta y
prosiguió:
—Sé
que es precipitado. Te aseguro que esto me sorprende más a mí que a
ti. Nunca pensé que llegaría a necesitar tanto a alguien como te
necesito a ti, y la simple idea me asusta. Me aterroriza. Pero ha
pasado, aunque aún no sé como. Te quiero. Mucho. Y no te pido que
me correspondas, ni siquiera que lo intentes, solo quiero que lo
sepas. Y también me gustaría pedirte un favor: no me hagas daño.
El
chico parpadeó con estupor, como si hubiese despertado
repentinamente de un largo sueño. Inclinó la cabeza hacia ella y
toco sutilmente su nariz con la suya.
—Yo
nunca te haría daño —le
aseguró con voz grave y solemne, como si estuviese pronunciando una
promesa. Después,
una chispa de socarronería iluminó sus brillantes ojos azules y una
sonrisa tironeó de la comisura de sus labios—.
Son las chicas las que
me lo hacen a mí, ¿sabes? Ahora soy yo el que tengo que pedirte un
favor: te quiero, así que no me putees.
La
sonrisa de ella podía iluminar una ciudad, un país, un mundo. Le
rodeó el cuello con los brazos y le besó con avidez, como si el
sabor de su boca fuese un manjar que solo pudiese probar una vez. Él
rió contra sus labios, un sonido oscuro y rico, y la tumbó sobre la
cama. Y ambos se perdieron amándose el uno al otro.

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