Parpadeó
varias veces, como si acabara de despertar de un largo sueño, y
volvió a mirarle. Le observó con nuevos ojos, unos ojos brillantes
repletos de lágrimas sin derramar, y esta vez le vio. Vio su
verdadero yo y no le gustó. Y entonces recordó todas y cadas una de
las veces en las que le habían prevenido sobre este
preciso momento y lo estúpida que había sido ella negándolo
una y otra vez. “Él no es así”, se oyó a sí misma decir,
revocando ecos de conversaciones pasadas, “ha cambiado”. Lo había
defendido, convencida de la verdad en sus palabras, y se había
equivocado. Otra
vez.
Cerró
los ojos con fuerza y se mordió con tanta
fuerza el labio inferior que pronto sintió el sabor de su propia
sangre en la lengua. Situaciones como aquella le recordaban por qué
evitaba atarse a los demás, por qué no dejaba que la
gente se le acercara
demasiado. Cuando
le abres tu corazón a una persona le das el poder para destruirte,
confiando en
que no lo hará.
Lamentablemente, todos a los que ella había entregado la llave de su
corazón habían acabado por reducirlo a cenizas. Debería haber
aprendido la lección, pero algo en lo más profundo de su alma se
había
aferrado
a la ridícula posibilidad de que alguien podría quererla a pesar de
estar rota, de ser diferente, rara, anormal. Ahora, después de un
herida más, esa esperanza se había apagado y se sentía más vacía
que nunca.
Se
levantó del banco y todos los ojos se posaron en ella. Algunos la
miraron con comprensión y lástima, otros con frialdad y desprecio.
Y a pesar de lo mucho que odiaba llorar, lo mucho que despreciaba
demostrar tal debilidad, no pudo evitar que una maldita y traicionera
lágrima se deslizara por su mejilla. Se la enjugó con rapidez, pero
el daño ya estaba hecho. Alguien la abrazó y después cayó en
otros brazos diferentes, y poco después en otros. Algunos le
susurraron
palabras reconfortantes, otros se
mantuvieron en
silencio y la estrecharon
con mucha fuerza, como si así pudiesen deshacerse de parte de su
dolor. Pero la vida
no es tan fácil y ella sabía que el nudo que sentía en la boca del
estómago en aquel momento permanecería ahí por una larga
temporada. Se sentía traicionada y muy decepcionada, y ella no era
de las que olvidaba. Se conocía lo suficiente para saber que, aunque
las cosas se arreglasen
entre ellos —cosa
que dudaba muchísimo—,
nada volvería ser
como antes. Y ese hecho dolía tanto que sintió ganas de echarse a
llorar como si tuviese tres años.
Se
peinó el pelo con los dedos y se colocó de nuevo su gorro de lana.
Se forzó a esbozar una pequeña sonrisa y les aseguró a sus amigos
que estaría bien, lo que no era del todo mentira. Volvería a estar
bien en algún momento, o eso quería creer. Él y los demás,
apoyados en una pared lo más alejados posible del otro grupo, ni
siquiera se giraron para mirarla y mucho menos se despidieron de ella.
“Ni siquiera se han molestado en preguntarte qué diablos te pasa,
¿y esperas qué se despidan de ti? No seas ingenua y camina.
Endereza los hombros, alza la cabeza y aléjate
de aquí”, le espetó su
orgullo, que se
removía inquieto en un rincón de su mente.
Y
así lo hizo. Caminó dando zancadas largas y seguras, con la espalda
recta y la barbilla bien alta, fingiendo una compostura que no tenía,
cuando en realidad lo único que quería hacer era correr hasta casa,
encerrarse en su habitación y no volver
a salir de ella jamás.