sábado, 22 de marzo de 2014


Parpadeó varias veces, como si acabara de despertar de un largo sueño, y volvió a mirarle. Le observó con nuevos ojos, unos ojos brillantes repletos de lágrimas sin derramar, y esta vez le vio. Vio su verdadero yo y no le gustó. Y entonces recordó todas y cadas una de las veces en las que le habían prevenido sobre este preciso momento y lo estúpida que había sido ella negándolo una y otra vez. “Él no es así”, se oyó a sí misma decir, revocando ecos de conversaciones pasadas, “ha cambiado”. Lo había defendido, convencida de la verdad en sus palabras, y se había equivocado. Otra vez.
Cerró los ojos con fuerza y se mordió con tanta fuerza el labio inferior que pronto sintió el sabor de su propia sangre en la lengua. Situaciones como aquella le recordaban por qué evitaba atarse a los demás, por qué no dejaba que la gente se le acercara demasiado. Cuando le abres tu corazón a una persona le das el poder para destruirte, confiando en que no lo hará. Lamentablemente, todos a los que ella había entregado la llave de su corazón habían acabado por reducirlo a cenizas. Debería haber aprendido la lección, pero algo en lo más profundo de su alma se había aferrado a la ridícula posibilidad de que alguien podría quererla a pesar de estar rota, de ser diferente, rara, anormal. Ahora, después de un herida más, esa esperanza se había apagado y se sentía más vacía que nunca.
Se levantó del banco y todos los ojos se posaron en ella. Algunos la miraron con comprensión y lástima, otros con frialdad y desprecio. Y a pesar de lo mucho que odiaba llorar, lo mucho que despreciaba demostrar tal debilidad, no pudo evitar que una maldita y traicionera lágrima se deslizara por su mejilla. Se la enjugó con rapidez, pero el daño ya estaba hecho. Alguien la abrazó y después cayó en otros brazos diferentes, y poco después en otros. Algunos le susurraron palabras reconfortantes, otros se mantuvieron en silencio y la estrecharon con mucha fuerza, como si así pudiesen deshacerse de parte de su dolor. Pero la vida no es tan fácil y ella sabía que el nudo que sentía en la boca del estómago en aquel momento permanecería ahí por una larga temporada. Se sentía traicionada y muy decepcionada, y ella no era de las que olvidaba. Se conocía lo suficiente para saber que, aunque las cosas se arreglasen entre ellos —cosa que dudaba muchísimo—, nada volvería ser como antes. Y ese hecho dolía tanto que sintió ganas de echarse a llorar como si tuviese tres años.
Se peinó el pelo con los dedos y se colocó de nuevo su gorro de lana. Se forzó a esbozar una pequeña sonrisa y les aseguró a sus amigos que estaría bien, lo que no era del todo mentira. Volvería a estar bien en algún momento, o eso quería creer. Él y los demás, apoyados en una pared lo más alejados posible del otro grupo, ni siquiera se giraron para mirarla y mucho menos se despidieron de ella. “Ni siquiera se han molestado en preguntarte qué diablos te pasa, ¿y esperas qué se despidan de ti? No seas ingenua y camina. Endereza los hombros, alza la cabeza y aléjate de aquí”, le espetó su orgullo, que se removía inquieto en un rincón de su mente.
Y así lo hizo. Caminó dando zancadas largas y seguras, con la espalda recta y la barbilla bien alta, fingiendo una compostura que no tenía, cuando en realidad lo único que quería hacer era correr hasta casa, encerrarse en su habitación y no volver a salir de ella jamás.

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