domingo, 22 de septiembre de 2013

La recordó mientras, sentado en una vieja silla orientada hacia la ventana, contemplaba pequeñas gotas de lluvia descender por el cristal. Ella amaba los días de lluvia, cuando nubes grises invadían por completo el cielo y se formaban charcos en las zonas irregulares de las aceras. A él habían terminado por gustarle también, pero sus razones eran muy diferentes. Cada vez que llovía, ella salía como una exhalación de la cama y, aún en pijama, sacaba la cabeza por aquella misma ventana para sentir las gotas de lluvias sobre el rostro. Cuando volvía a entrar estaba completamente empapada y sonreía como una niña pequeña. También solía acurrucarse contra él en días como aquel; ambos permanecían callados, ella con los ojos cerrados, escuchando, como si en el sonido de la lluvia oyese secretos que para los demás estaban prohibidos; él, observándola, mientras le acariciaba el pelo, preguntándose medio en broma y medio en serio, si tal vez, ella era de un planeta diferente.

Muchas veces, se había encontrado a sí mismo alzando los ojos al cielo, tratando de adivinar si llovería o no y, a veces, deseándolo con ansia. A la espera de repetir aquellos pequeños momentos que compartían solo los días de lluvia.


Y ahora allí estaba él, con un cigarrillo entre los labios, el cabello desordenado, preguntándose dónde estaría ella ahora, que estaría haciendo, con quién. Quizás no quisiese saber las respuestas. Suspiró, tiró el cigarro en el suelo y dejó que se consumiese, dejando una marca permanente sobre la madera. Abrió la ventana, algo que no había hecho desde que ella se fue, y sacó la cabeza fuera. La lluvia cayó sobre él sin misericordia alguna y, entonces, sintió que ella estaba a su lado. Cerró los ojos con fuerza y trató de retener ese momento. Casi podía verla ahí, con el cabello oscuro pegado a ambos lados del rostro, los ojos brillantes de emoción, como los de un niño, y una sonrisa fácil en esos labios que tantas veces había besado. Él le sonrió también y dejó que la lluvia se llevase sus lágrimas. Abrió los ojos y contempló las nubes y se preguntó si ella no estaría más allá, mucho más allá, en un planeta lejano y desconocido, y aquella lluvia era su manera de reconfortarle, de decirle que aún estaba con él en cierto modo. Prefería creer eso, preferiría creer cualquier cosa, antes que pensar siquiera en la posibilidad de que ella se hubiese ido para siempre.



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