La recordó mientras, sentado en
una vieja silla orientada hacia la ventana, contemplaba pequeñas gotas de lluvia
descender por el cristal. Ella amaba los días de lluvia, cuando nubes grises
invadían por completo el cielo y se formaban charcos en las zonas irregulares
de las aceras. A él habían terminado por gustarle también, pero sus razones
eran muy diferentes. Cada vez que llovía, ella salía como una exhalación de la
cama y, aún en pijama, sacaba la cabeza por aquella misma ventana para sentir
las gotas de lluvias sobre el rostro. Cuando volvía a entrar estaba
completamente empapada y sonreía como una niña pequeña. También solía
acurrucarse contra él en días como aquel; ambos permanecían callados, ella con
los ojos cerrados, escuchando, como si en el sonido de la lluvia oyese secretos
que para los demás estaban prohibidos; él, observándola, mientras le acariciaba
el pelo, preguntándose medio en broma y medio en serio, si tal vez, ella era de
un planeta diferente.
Muchas veces, se había encontrado a sí mismo alzando los ojos al cielo, tratando de adivinar si llovería o no y, a veces, deseándolo con ansia. A la espera de repetir aquellos pequeños momentos que compartían solo los días de lluvia.
Y ahora allí estaba él, con un
cigarrillo entre los labios, el cabello desordenado, preguntándose dónde
estaría ella ahora, que estaría haciendo, con quién. Quizás no quisiese saber
las respuestas. Suspiró, tiró el cigarro en el suelo y dejó que se consumiese,
dejando una marca permanente sobre la madera. Abrió la ventana, algo que no
había hecho desde que ella se fue, y sacó la cabeza fuera. La lluvia cayó sobre él
sin misericordia alguna y, entonces, sintió que ella estaba a su lado. Cerró los ojos
con fuerza y trató de retener ese momento. Casi podía verla ahí, con el cabello
oscuro pegado a ambos lados del rostro, los ojos brillantes de emoción, como
los de un niño, y una sonrisa fácil en esos labios que tantas veces había
besado. Él le sonrió también y dejó que la lluvia se llevase sus lágrimas. Abrió
los ojos y contempló las nubes y se preguntó si ella no estaría más allá, mucho
más allá, en un planeta lejano y desconocido, y aquella lluvia era su manera de
reconfortarle, de decirle que aún estaba con él en cierto modo. Prefería creer
eso, preferiría creer cualquier cosa, antes que pensar siquiera en la posibilidad de que ella se hubiese ido para
siempre.

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