—Te quiero.
Dos palabras que le quemaban como ácido vertido en el interior de su pecho.
Lanzó un suspiro y alzó la cabeza de su lectura. La visión de su ángel caído en el umbral de la puerta, con la ropa empapada y el cabello negro colgándole sobre los ojos grises, la trastornó más de lo que jamás llegaría a admitir. El agua le corría por la cara como lágrimas.
Cerró el libro, lo dejó sobre la mesa, y se puso en pie.
—¿Sabes? —ella habló con voz suave, indiferente, mientras se acercaba a él—, si me lo hubieses dicho hace unos cuantos meses probablemente te habría besado; hoy, en cambio, te puedes ir a la mierda.
—Pequeña... —su voz sonaba como si él se estuviera ahogando, dio un paso hacia adelante. Ella le detuvo con un gesto de la mano y una sonrisa sarcástica dibujada en los labios.
—Ah, no... No empieces con eso. ¿De verdad esperabas que siguiese siendo la misma después de lo que me hiciste? Me rompiste, hijo de puta. Y eso no van a arreglarlo tus "te quiero" vacíos.
Le empujó hacia el pasillo y cerró la puerta; se apoyó en ella con el corazón latiendole dolorosamente en el pecho y cerró los ojos con fuerza, mientras al otro lado un corazón que no era el suyo se rompía en pedazos.

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