—Eres diferente —dijo.
Viniendo de él, no sabía como tomárselo, si como un cumplido o un insulto.
—Ya me había dado cuenta —se limitó a contestar, se abrazó las piernas y apoyó la barbilla sobre las rodillas; sus ojos oscuros recorrieron la copa de los árboles que se extendían como un manto delante de ella.
—¿Ah, sí? —añadió él.
Pudo escuchar el sonido de sus pisadas sobre la hierba, acercándose. El vello de su nuca se erizó, como si detrás de ella hubiese un animal salvaje en vez de una persona. Aunque pensándolo bien, tal vez su sexto sentido no iba del todo mal encaminado.
Lanzó un suspiró y se forzó a no dejar de mirar el paisaje. Intentaba ponerla nerviosa —y lo estaba consiguiendo—, pero no tenía por qué dejarle saber eso.
—Si no fuera diferente, no estaría aquí ahora mismo, ¿no crees?
El sonido de su risa casi la hace saltar del sitio. ¿Se estaba riendo de ella? Eso la enfureció y confundió a la vez. Pero lo que más la confundía era el simple hecho de que él riera. No sabía que supiese cómo hacerlo.
—Tal vez tengas razón.
—¿Tal vez? —repitió, esta vez se permitió alzar la cabeza para mirarle. Y al igual que la primera vez que se habían conocido, su atractivo la dejó sin aliento durante unos instantes. Nadie podía ser tan guapo. Tal vez él era alguna especie de ángel, aunque con esa personalidad le pegaba más ser un demonio—. Ninguna persona normal aguantaría contigo más de cinco minutos.
Él enarcó una ceja y se inclinó hacia ella, que tuvo que luchar contra el impulso de retroceder.
—Eres bastante hiriente.
—Es parte de mi encanto personal.
Volvió a reír, y esta vez ella pudo verle. Si el simple hecho de mirarle la atontaba, mirarle mientras se reía surtía un efecto mil veces más devastador; sentía el corazón latir frenético en su pecho, las manos le picaban ansiando poder alcanzar uno de sus mechones de largo cabello para comprobar si era tan suave como parecía y sentía como le ardía la cara por culpa del rubor. ¿En qué momento se había convertido en una niña enamorada? Él la estaba mirando con una media sonrisa en los labios. Sabía el efecto que tenía sobre ella y estaba disfrutando cada segundo.
—Creo que parte de mi sentido común ha vuelto —susurró en voz muy baja, poniéndose en pie—. Me voy.
Él no dijo nada, dejó que se sacudiese los pedazos de hierba de la ropa y se alejase de él antes de decir:
—Quédate.
Ella se quedó petrificada. ¿Por qué aquello había sonado como una súplica a sus oídos? Se volvió a medias, lo suficiente para poder mirar su perfil. La sonrisa había desaparecido y volvía a tener el ceño fruncido y la mirada vacía de siempre.
—¿Has dicho algo?
Él la miró fijamente, molesto.
—Ya me has oído.
—No, no lo he hecho.
Le pareció que mascullaba, en voz lo suficientemente baja como para que ella no pudiese entender lo que decía. Tampoco estaba segura de querer hacerlo.
—Quédate —repitió.
Ella sonrió abiertamente. Así que no era la única afectada. Se acercó lentamente, balanceando los brazos, dejándole saber que iba a disfrutar de aquel instante de gloria.
—No es como si tuviese un lugar al que ir de todos modos.
No es como si hubiese querido irse desde un principio. Pero eso era algo que solo ella sabría.
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| Fragmento de el libro que estoy escribiendo. |

Siempre me haces llorar, en serio. Eres increíble, sigue escribiendo mucho más, por favor.
ResponderEliminarGuau. Muchísimas gracias, de verdad. Claro que lo haré, no hace falta ni que lo pidas.
EliminarPor cierto, me encanta tu blog, también.