Ella
soñó con cielos estrellados, vestidos pasados de siglo, gatos
negros, ojos muy, muy azules y una sensación de vacío en la boca
del estómago. Y soñó que caía y caía, como Alicia cuando
descendió por la madriguera del conejo. A su alrededor, la oscuridad
más absoluta, pero también la luz más radiante. Soñó con objetos
de lo más comunes: libros, relojes, tazas de té... y con otros que
no existían, que ni siquiera tenían nombre. Soñó con todo y a la
vez con nada. Se sintió completa y al mismo tiempo hueca. Y seguía
cayendo, cayendo. Y así también caían todos sus sueños y
esperanzas, que eran remplazados al instante por otros más
fantasiosos, más imposibles. Aquel era el lugar más recóndito,
solitario y lúgubre de su mente, pero también en el que pasaba
perdida más horas y en el único en el que se sentía a salvo. Era
el lugar donde nada de lo que ocurría tenía sentido hasta que lo
mirabas una segunda, tercera, cuarta vez y veías el significado
detrás de cada pensamiento, objeto, metáfora. Era ese lugar en el
que sus demonios interiores volaban libres, hermosos y mortales.
Ellos, que le desgarraban el alma con los dientes y se la remendaban
a besos.
Entonces,
ella soñó que alguien la sujetaba de la muñeca, que impedía que
siguiese cayendo. En la oscuridad distinguió mil rostros que
formaban uno solo. Las facciones, todas ellas hermosas, se pisaban
unas a otras: la rectitud de la nariz, la forma de los ojos, la
plenitud de los labios, la longitud del cabello, la definición de la
mandíbula... todo cambiaba, transmutaba, desaparecía y aparecía,
era destruido y construido de nuevo; sin embargo, había algo que
permanecía siempre estático, afín, que jamás variaba un ápice.
El color de sus siempre variantes ojos era exactamente el mismo. La
única constante en aquel mundo de variables. Eran del azul más
increíble, más mágico, más imposible. Un color que solo existía
en su imaginación, un secreto que era exclusivamente suyo.
Rozó
la superficie del suelo con la punta de los dedos descalzos y le
miró, y él la miró a ella. Y el tiempo se detuvo, si es que en
aquel sitio existió alguna vez. Su corazón sonreía enseñando
todos los dientes y el alma le recitaba canciones que había olvidado
mucho tiempo atrás. Ella no comprendía como él, que era la
representación del caos que reinaba dentro de su mente, que era el
peor de todos sus monstruos y demonios, podía ser tan precioso. No
comprendía como podía amarle, como no podía odiarle. Él trazó la
línea de su mandíbula con la punta de un dedo frío. A ella se le
estremecieron las pupilas, como ocurría cada vez que la tocaba. Él
le abría la herida y la lamía para curarla. Él era su todo y su
nada.
Porque
aquel era el lugar más recóndito, solitario y lúgubre de su mente.
Un lugar donde lo que se creía imposible se volvía posible, como,
por ejemplo, amar lo peor de uno mismo.

Me encanta tu forma de escribir. Transmites de una manera increíble. De verdad, no me cansaría de leerte, deberías escribir un libro o algo. Lo haces GENIAL!
ResponderEliminarMuchísimas gracias, cielo, lo digo de corazón. Son esta clase de comentarios los que me impulsan a seguir escribiendo, de verdad. Has conseguido sacarme una sonrisa.
EliminarSinceramente, no creo que mis textos sean tan buenos, pero no por ello voy a dejar de escribir. Y sí, uno de mis deseos es publicar un libro, aunque nadie lo lea.
Gracias por tu apoyo, besos.